El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón

 Se hizo el silencio y mi voz surgió entre los bastidores pronunciando las primeras palabras de la obra:¡Sí, un momento! De los policías no volvimos a tener noticias, y la función transcurrió sin incidentes. Aislada del resto del mundo, que era sólo una mancha oscura más allá de los focos, me sentí plena, feliz, ilimitada... Mi personaje era bien poca cosa, sí, y mis intervenciones no permitían grandes lucimientos, pero ¡qué placer experimentaba actuando, transformándome en alguien que nada tenía que ver conmigo! Alguna vez he oído comentar que muchos grandes actores eran unos tímidos enfermizos que, mientras daban vida a sus personajes, conseguían liberarse momentáneamente del lastre de la timidez. Yo jamás llegué a ser una gran actriz, pero es cierto que en el escenario me sabía libre de culpas e inhibiciones, sin otra responsabilidad que la de vivir por un tiempo una vida que no era mía. La representación fue buena, muy buena, y el público nos premió con un largo aplauso. Al final salimos todos a dar las gracias y, con un sonido de olas, como un vaivén, la ovación arreciaba cuando decían el nombre de cada uno de los miembros de la compañía. Y justo en el instante en que sonó mi nombre e hice con la cabeza un gesto de agradecimiento fue cuando creí distinguir su rostro al fondo de todo, en una de las últimas filas, cerca ya del pasillo izquierdo. ¿Era él o no era él? ¿Era Justo, Justo Gil Tello, mi antiguo socio, mi desgracia? Tratando de salir de dudas, lo busque con la mirada y no lo volví a ver. No, me dije, seguro que no era él. Imposible. No podía ser que precisamente en ese momento lo peor de mi pasado reapareciera para perseguirme... Miré entonces a mi familia. Estaban en una de la filas de delante, aplaudiendo con entusiasmo, y al ver que les miraba asistieron los cuatro con la cabeza y sonrieron.